El sistema digestivo no trabaja solo, está conectado con tu sistema nervioso, tu respiración y tu estado emocional. Cuando estás tenso o ansioso, esa tensión llega también al abdomen y ralentiza el proceso natural de digerir alimentos, expulsar gases o mantener el ritmo de tus intestinos. La práctica de yoga combina movimiento, respiración y atención plena para influir positivamente en este proceso integrado llamado eje intestino-cerebro.
Una de las formas en que esto ocurre es a través de las posturas físicas (asanas) que estimulan mecánicamente los órganos abdominales. Torsiones, flexiones hacia delante y ciertas inversiones pueden mejorar la circulación en la zona del vientre, masajeando suavemente los órganos digestivos y promoviendo un movimiento más eficiente de los alimentos a través del tracto gastrointestinal.
¿Y la respiración? Respirar profundo no solo calma tu mente; activa el sistema nervioso parasimpático, la parte del cuerpo que se encarga de “descansar y digerir”. Técnicas como la respiración diafragmática o pranayama ayudan a estimular el nervio vago, una conexión clave entre el cerebro y el intestino, lo que puede mejorar la motilidad intestinal y reducir síntomas como el estreñimiento o la sensación de pesadez.
Imagina hacer una secuencia de gato-vaca o torsiones suaves: mueves y comprimes la zona del vientre, lo que literalmente “despierta” la zona abdominal y puede facilitar la circulación de la sangre y la energía. Esa estimulación física, combinada con una respiración consciente, ayuda a que tu cuerpo procese mejor los alimentos.
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